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EnsayoReseñas

Severiana o el turismo literario

Por: Berenice Hernández 

 

Cuando somos niños es complicado que viajemos solos. Por lo general nuestros padres nos llevan con ellos para todos lados: viajamos en coche, en transporte público o en autobús, siempre asidos de la mano de alguien mayor, que de algún modo coarta nuestra independencia en un afán de protegernos del ruido de allá afuera, de las ciudades monstruo y la sociedad misma. Esto pasa no sólo en la realidad, sino también en la ficción. Claro ejemplo de ello es Severiana, novela juvenil del mexicano Ricardo Chávez Castañeda.

Severiana es una utopía. Una isla a la que llega un grupo de amigos para protegerse de la catástrofe que azota la ciudad en la que viven. Son niños que utilizan los libros como un puente para comunicarse en un espacio seguro: el de las páginas. Cuando la realidad los apabulla y el ánimo decae, descubren que sumergiéndose en las palabras son capaces de encontrarse, siempre y cuando lean el mismo libro, la misma página, el mismo párrafo e igual línea. Se encuentran, así, en un constante ir y venir por el papel, y sortean los mismos caminos que personajes de Harry Potter o Las crónicas de Narnia.

Es difícil que un niño viaje solo, es cierto. Eso lo saben los personajes de esta novela, en la que el miedo los ha petrificado a todos. Por eso recorren la isla sin prisas pero con cautela, como debieran recorrerse todas las ciudades a las que viajamos: siempre alertas y disfrutando como la primera vez.

Crecer no significa que debamos dejar de ilusionarnos con la lectura por concentrarnos en el viaje. Al contrario. ¿Qué hay mejor que acomodarse en el asiento y sacar de la maleta aquel libro que ha sido nuestro acompañante durante semanas? Los libros, como nuestra familia, están ahí, fielmente a nuestro lado, a pesar de que no siempre nos descubramos hojeándolos. ¿Quién sino un viajero-lector se llena de la mayor dicha cuando lee la última página un par de kilómetros antes de llegar a su destino?

Con Severiana, Ricardo Chávez nos invita a explorar, a no permitir que nadie –ni los niños desaparecidos, ni los seres más malvados, ni una urbe en decadencia- se interponga en nuestro camino, impidiéndonos con ello hacer lo que deseamos: movernos, ser libres, viajar en las palabras, la imaginación o los autobuses.

 

**Texto publicado en el Suplemento INNBUS, en abril de 2017

 

 

 

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Autor SEMICH

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