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Narrativa

Un leve grito al desierto

Por: Fernando Salgado

La cuestión inicia cuando ya ni puedes salir de la casa por miedo, señor presidente. Usted no sabe de esto, porque nunca ha pasado por estos pueblos olvidados. No sabe ni qué es Tierra Caliente, pero yo sé lo que piensa, ha de imaginar que Tierra Caliente es otro país, un lugar que solo ha escuchado mencionar en historias que se encuentran en obras reunidas en investigaciones históricas, mismas que nunca saldrán de las bibliotecas porque las instituciones universitarias solo acumulan conocimiento en sus bibliotecas como monumentos a la apatía y sus investigadores prefieren laurearse entre ellos que venir con nosotros a realizar sondeos de violencia para ingresar los datos verídicos en las instituciones correspondientes que lo hagan público. Lo que sí hacen es vender la información, dicen que todo está bien, porque ustedes, el gobierno, han comprado la mayor parte de la información pública que demerita su trabajo. A mi amigo Arturo lo mataron porque no le quiso bajar de huevos a sus reportajes. Me decía que ustedes lo estaban amenazando. Ustedes hicieron que se volviera loco. Ustedes hicieron que su esposa se suicidara de la preocupación ahorcándose en su departamento. Pobre de mi amigo, no era justo que la encontrara colgada de esa manera atristada.
No me digan que me calle. Si estoy en esta conferencia de prensa es para poder darle voz a todos los padres de los desaparecidos que tenemos en México, yo no soy como los demás quienes reciben saldos millonarios en sus cuentas solo por coserse la boca. Si hablo es porque estoy en mi derecho. ¡No me alce la voz, y usted, señor presidente, escuche todo lo que tenemos que contarle! Mi amigo, el de la esposa muerta, anda por todo México presentando un libro de poesía y si alguna vez ha tenido corazón, señor presidente, le juro que al leer el primer poema se pondría a llorar por todas las personas que han sido asesinadas, secuestradas, torturadas y encarceladas injustamente es este mapa nacional. Yo vengo de Tierra Caliente, allá donde el aire parece gasolina y el agua no quita la sed. En todo lo que va su sexenio, nunca se ha parado en estas tierras por lo menos para pedirnos perdón. Antes estas tierras eran tranquilas, pero solo llegó usted como un ángel sombrío y las calles comenzaron a llenarse de balazos. Antes estas tierras soñaban con un futuro mejor, pero estamos detenidos en el tiempo desde 1910. Recuerdo a mi padre en una ceremonia con el último presidente que vino, creo que son tres sexenios atrás, hace dieciocho años, señor presidente, y usted ni asoma las narices. Éste estaba blindado por quinientos elementos federales para su resguardo y lo único que dijo fue que estas tierras iban a cambiar. Cambiar para chingarnos la madre. Acá nadie asaltaba a nadie; la gente podía salir tranquila por la calle y meterse hasta la noche viendo las estrellas o echándose una cerveza bien muerta mientras los amigos estaban tocando unos corridos. Pero comenzaron a secuestrar. Hace una semana que a mi vecino le desaparecieron a su única hija. Dígame cómo le hará mi vecino para recuperar la vida de esa pobre muchacha, señor presidente. Ella estaba en la secundaria y caminaba muchos kilómetros para llegar temprano, porque era la única forma de llegar a la única escuela de ese nivel cerca de nuestra ranchería. Un hijo para nosotros es un lucero que tiene la promesa de ser alguien en la vida. Nosotros los grandes ya no tenemos tiempo para eso, lo tenemos solamente para ayudarlos, cosa que usted desconoce, señor presidente, porque nos ha olvidado. Esta luz la apagaron con una violación y una asfixia en el lago más cercano a nuestra localidad. Dígame, señor presidente, cómo le hago para que no desaparezcan a más personas, si no hay ley en estos lugares, que parecen una fantasía para usted; y no puedo tener un arma porque ahí sí, vienen y me cargan veinte años de cárcel, y si se puede me echan otros cincuenta con el pretexto de que era cabecilla de un grupo delictivo. Por todos los lados nos joden. El papá de esa muchacha se fue a buscar a los que la mataron y también amaneció muerto; nadie hizo nada por él, estuvo dos días en el mismo lugar donde lo ejecutaron porque su familia tenía miedo de que también los mataran. La ciudad no es la misma desde hace diez años y estos músicos desgraciados están llenándose las bolsas de dinero escribiendo canciones apologéticas a los narcos, que han dañado nuestras vidas. Dígame, señor presidente ¿qué aprendizaje tienen nuestros hijos si las escuelas son escasas y nos dan pura mierda en la televisión y la radio?

¡Espérese, señor presidente! ¡Ey, suéltame, cabrón! Que el presidente tenga huevos para escuchar toda esta letanía. Nomás véanos los ojos. ¡Suéltenme; me tocan un pelo y valemos madre en este lugar! Véame a los putos ojos, señor presidente. Estos ojos vieron morir a mi hijo mayor mientras íbamos a comprar la despensa en la tienda del centro de mi pueblo. Estábamos contentos porque juntamos para comer decente durante las siguientes semanas y al salir del establecimiento pasaron unas camionetas como jinetes del apocalipsis para llevarse la vida de mi hijo. De las camionetas salían balas pa’ todas partes. Vea mi cara, no tengo una oreja. Pero deje usted la oreja, este es un daño que hasta se puede operar, pero la vida de un muchacho, que al igual que la de la hija de mi vecino, también era una luciérnaga que nos quería alumbrar a todos. Le dieron un balazo en la cara, señor presidente.

(El hombre comienza a llorar. Le caen lágrimas con pólvora de los ojos. Detiene un poco la voz y se seca con la muñeca las mejillas húmedas de mar).

Usted no sabe lo que es Tierra Caliente si no le han matado a un familiar, señor presidente. Si a lo mejor ustedes, los gobernantes, se apoyaran con nosotros para crear nuevas oportunidades mi hijo hubiera sido un buen escritor. Le encantaba leer. A los doce años ganó su primer concurso de declamación. A los dieciséis quería irse a estudiar a la UNAM, estaba preocupado por tanta pinche violencia que nos está acorralando hasta en las venas. Mire cómo son las cosas, ahora mi muchacho está tres metros bajo mis recuerdos. Pero por lo menos sé a dónde llevarle flores y no como uno de mis sobrinos que está desaparecido. Un desaparecido es más doloroso que un muerto. Un desaparecido está vivo y está muerto al mismo tiempo. Pobres de sus papás, están como almas en pena en una caravana que parece no tendrá fin. Andan desde el Norte hasta el Sur de este país fracturado entre la perfidia. Antes había fe y ahora ya no tenemos con qué llorar. Por eso le digo que si por lo menos nos hubieran ayudado, hubieran hecho las cosas bien; si no se hubieran preocupado por robar, sino darle a cada secretaría federal lo que se merece, si nos hubieran llevado educación, cultura, salud, seguridad, y que nosotros hiciéramos lo nuestro manteniendo los valores en nuestras comunidades, las cosas serían distintas. Nos convirtieron en el patio trasero del país. Llegaban los paisanos del Norte para acá con mañas como inhalar cocaína y meterse hielo. Por esas cosas que dejaron de hacer, ustedes los del gobierno, señor presidente, se convirtieron en un enorme vacío de humanidad en esta sociedad dolorosa.

(Al hombre le tiemblan los labios y sus ojos parecen dos velas entre la sala de conferencias).

¡Queremos que nos regresen la paz, señor presidente! Ya no queremos seguir viviendo en las tierras de unos caciques con cuernos de chivo y ácido para diseminar cuerpos. ¿Cuánto cuesta la paz? ¡Respóndame hijo de la chingada!

(El presidente no sabe qué decir. Al parecer sí tiene corazón y está llorando).

—Ya terminó su tiempo de participación, señor.

—¿Cuál tiempo hijos de su puta madre? ¡Déjenme hablar o tronamos lo cuetes! Yo no soy violento, señor presidente. Así me ha hecho la vida, después de tanta violencia. Me mataron a todos mis hijos y a mi esposa. ¿Qué hago sin ellos? Yo nomás quería morirme porque me habían quitado el motor. Me intenté matar cinco veces, pero siempre algo me mantenía en esta miserable realidad.

—Señor, ya están los federales afuera del recinto.

—Pues corten tiro, muchachos. Ya estoy terminando de desahogarme. ¿Creen que dejar vivo al presidente sea la solución?

—Mejor nos lo llevamos.

—¡Agáchense, porque les trajimos un poco de lo que nos heredaron!

 

 

 

SEMICH

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