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Narrativa

Vida Extra

Por: Édgar Omar Avilés

Pahko, al terminar la jornada de compra-venta de videojuegos en su puesto del mercado, siente el cansancio podrido en cada hueso. No fue buen día, no podrá comprarse ni un gramo. A causa de la muleta y la gordura recorre las calles lentamente. Su mirada se pierde entre algún mal recuerdo y las grietas de la acera.

La desvencijada puerta de su cuarto de vecindad chilla al ser abierta. Luego se apresta rumbo a la cama para descansar un rato, pero encuentra algo sobre la almohada.

“¿Y esta madre de dónde salió?”, piensa al ver un viejo cartucho de Atari. Abre entonces un polvoso baúl y saca la consola con la que se inició en el mundo de los videojuegos, ya dos décadas atrás.

Inserta el misterioso cartucho en el Atari y lo prende. La pantalla muestra unos prehistóricos gráficos: en contraste con la nueva tecnología resulta casi imposible admitirlos.

Se dispone a buscar las opciones del juego para elegir, como siempre, la más difícil. Después, al iniciar, se dejará perder vidas hasta que sólo le reste una, quizás así le represente reto. Pero no, aquello no tiene opciones; en el centro de la pantalla aparece la única alternativa, bajo el título Pac-Man Come Culpas: iniciar juego.

Pac-Man, controlado por manos expertas, comienza a comer todos los bloques que están a su paso. A la par, cada vez que come alguna frutilla aparece en la pantalla la nota: “Tienes más carácter”, y al hacerle lo mismo a los fantasmas —previa ingestión de una pastilla de poder— se lee: “Enfrentas tus miedos”.

“¡Ah chingá!, qué versión tan extraña”, se dice.

Al finalizar la primera fase aparece un trofeo de color amarillo intenso y al pie la nota: “No le gritaste a tu madre por teléfono que la deseabas muerta”. Pahko se frota los ojos con frenesí; aquello fue justamente lo que dijo dos semanas atrás.

“¿Qué pitos pasa?”, piensa.

Se reincorpora al álbum la foto de su familia que consumió el boiler.

El siguiente escenario es idéntico, sólo que los fantasmas y el tiempo corren un poco más deprisa.

Sin demora termina de comer todos los bloques. Aparece un trofeo igual al anterior, pero con otra nota al pie: “No mataste al perro de tu vecina”. Mientras lee, sus ojos intentan salirse de las cuencas. Él envenenó a ese animal meses atrás, por lo que tuvo muchos problemas con los vecinos. Un ladrido se escucha cercano.

Al pie del tercer trofeo: “Dos años atrás no te subiste en esa motocicleta”. Sin darse cuenta se incorpora del sillón, sin necesidad de la muleta.

Al pie del cuarto trofeo: “No caíste en la depresión que te obligó a comer hasta deformar tu cuerpo”. La ropa de pronto le escurre, ridículamente holgada.

Al pie del quinto trofeo: “No inhalaste el polvo blanco que te ofrecieron hace seis años”. Desaparecen las manchas de sangre en su almohada.

Al pie del sexto trofeo: “Aquella noche no eyaculaste adentro de María; no huiste, dejando trunco tu bachillerato”. Un certificado de ingeniero en informática aparece colgado en la pared.

Al pie del séptimo trofeo: “En la secundaria no te hiciste amigo del Macizo”. El tatuaje que se hizo en el reformatorio se borra junto con los navajazos en la cara y el abdomen.

Al pie del octavo trofeo: “Llegaste justo a tiempo; no te quedaste afuera en el estreno de Superman 3”. Una sonrisa infantil se dibuja en sus facciones.

Al concluir la novena fase, como exclusivo trofeo, un largo párrafo: “Comprueba que no es una mentira: háblale a tu madre; sal y date cuenta que el perro aún vive; no sientes el cosquilleo en nariz y paladar que te pide cocaína; asómate al espejo, ya no eres un descomunal gordo; el tendón de tu pierna no está hecho un amasijo; no hay marcas en tu cara y abdomen; tienes una casa y alguien te espera en ella, marca el teléfono que encabeza la agenda; eres ingeniero e inicias una maestría; hay una cuenta en el banco a tu nombre. Eres lo que has envidiado, lo que siempre has llamado un triunfador; los pasajes que te forjó mal el destino y tus errores decisivos están borrados. Sin embargo, el juego se gana hasta superar la fase quince, sólo entonces todo esto será en verdad parte de tu vida”.

Pahko, como autómata, sigue al pie de la letra los mandatos. El agua fría del lavabo lo convence de que no está inmerso en un sueño. Sabe que desde hace mucho tiempo ningún juego se le dificulta, de hecho pac-man come culpas le resulta bastante sencillo en comparación con otros. Seguro de sí mismo vuelve a sentarse. Un contador en la pantalla señala que sólo restan cinco segundos para que pueda continuar parchando su pasado.

—¡No hay forma de que pierda! —grita, y un látigo de electricidad recorre su columna—. ¡Tengo una segunda oportunidad en esta pinche vida!

Mira hacia arriba y da gracias a alguien, después toma con determinación el control, decidido a obtener los trofeos de las siguientes fases.

Fase diez: “En aquella broma no te equivocaste al poner ácido bórico en vez de bicarbonato en el yogurt de tu primita. No tendrás el remordimiento de verla morir de nuevo, presa de convulsiones, en tus pesadillas”. Los ojos se le nublan de alegría.

Fase once: “No te violó tu tío, jamás tendrás que bajar la mirada y llorar cuando el recuerdo se deslice”. Sólo atina a suspirar profundamente.

Fase doce: “No te regalaron en tu séptimo cumpleaños el Atari, no malgastaste tu juventud en hacerte hábil para los videojuegos; los ataques de epilepsia no pasaron de simples mareos”. Los ojos le brillan como dando un grito.

Fase trece… Pac-Man es atrapado por los fantasmas: “El juego terminó, has perdido, el juego terminó, has perdido, el juego terminó… Sigues siendo el que ha fracasado; al que violaron; tu madre te odia tanto como tus vecinos; eres el descomunal gordo que usa una muleta para compensar el tendón contrahecho de una de sus piernas; el epiléptico de frecuentes convulsiones; con quién jamás una mujer en su sano juicio compartirá su vida, ni siquiera una noche, ya ni siquiera María… Suerte para la próxima”.

El dolor en la pierna regresa, su cuerpo vuelve a engordar, su autoestima se desmorona y el teléfono en la agenda desaparece. ¡Cocaína, necesita cocaína!

—¡Puta mierda de pendejada! —grita mientras arroja el control y se muerde el labio inferior.

Pahko, desesperado y con la cara abotagada de llanto, resetea el Atari y lo intenta de nuevo.

 

*Cuento perteneciente a La Noche es Luz de un Sol Negro (Ficticia, 2007. Mención honorífica del Premio Nacional de cuento Agustín Yáñez 2004).

SEMICH

Autor SEMICH

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